Un futuro que nos mira con esperanza

Publicado en El Diario Montañés (19 de diciembre de 2018)

Que ha habido y habrá políticas y políticos pesimistas es evidente, porque el pesimismo es la consecuencia inevitable de la pérdida de confianza en la libertad y en la convicción de que, pese a todos nuestros defectos, la mayoría de las personas siempre procuramos alcanzar el mayor bien posible, para nosotros y para nuestros hijos.

¿Cómo se explica, si no, el esfuerzo de las generaciones que nos han precedido para superar la miseria, la violencia y el enfrentamiento estéril y para encontrar formas de afianzar la paz y el progreso? Hay muchos que se empeñan en presentar un panorama desastroso del momento histórico en que vivimos, porque su negocio consiste en el engaño y en falsas promesas, en perseguir “milagros” que nunca se cumplen. Las sociedades que se dejen llevar por los profetas del pesimismo, por los que lo fían todo a la política, al Estado, suelen acabar mal; en cambio las sociedades en las que se impone el buen sentido, la capacidad de esfuerzo y sacrificio, la solidaridad real y no la meramente imaginada, consiguen lo contrario, libertad, riqueza, justicia y progreso. Hay que estar muy ciego para no verlo, en el pasado, también en el nuestro, y en las docenas de ejemplos que nos brindan los demás países. El colectivismo destruye y anonada, la libertad crea.

Vivimos en un mundo que, en muchos aspectos, es notoriamente mejor que cualquiera del pasado, y eso es especialmente cierto en nuestra tierra, en Cantabria y en España. Los progresos evidentes en tecnología no se quedan solo en eso, han procurado mejores comunicaciones, más información, mayor competitividad y han hecho más fácil la excelencia. Las pequeñas empresas y los autónomos tienen muchas más posibilidades que en cualquier época del pasado y las aprovechan a pesar de todas las dificultades que ponen esos políticos empeñados en controlarlo todo. Pero es que, además, ese progreso material, que sería absurdo negar, ha venido acompañado de una serie evidente de mejoras sociales conseguidas con el esfuerzo de todos, y no porque nos las haya regalado ninguno de esos profetas pesimistas. Tenemos una sanidad muy eficaz, una educación que ofrece la posibilidad de crecer en toda clase de saberes, y unas instituciones que, con todos los defectos que se les quieran imputar, procuran que se cumpla el deseo general de lograr una vida más plena y satisfactoria. Es absurdo buscar motivos para el pesimismo si miramos al pasado y a lo que es lógico esperar.

El peligro de equivocarnos siempre existe y siempre existirá, pero tenemos los medios para reconocer esos errores y superarlos. No hay que tener miedo a ser políticamente ambiciosos a decirle a todo el mundo que podemos mejorar y salir adelante, que podremos lograr que los jóvenes se integren sin dificultad en una sociedad cada vez más abierta, que esperamos mucho de su iniciativa y tenemos que empeñarnos en construir una sociedad con menores barreras, sin dejarnos llevar por el cortoplacismo y poniendo la vista en un futuro por el que merezca la pena esforzarse. Las sociedades que se hunden en el fracaso son las que se dejan llevar por el error de pensar que son otros los que tienen que arreglar nuestros problemas, que tenemos que esperar a que el Estado o las administraciones arreglen las cosas. No, somos nosotros, todos, sin excepción, los que tenemos que ser protagonistas de un esfuerzo colectivo y continuado por alcanzar mayor libertad, mayor prosperidad, mayor excelencia en todo lo que hagamos.

En Cantabria tenemos los mimbres necesarios para conseguirlo. No dejemos que nos engañen poniéndonos a esperar que las soluciones vengan de políticas fantásticas, de lugares lejanos, de revoluciones tan quiméricas como imposibles. Solo el trabajo y la ambición de ser mejores nos permitirán ir resolviendo los problemas que nos afectan y los que nos puedan venir en el futuro.  Si se entiende por esperanza la actitud pasiva, la esperanza es un error, la verdadera esperanza es activa, procura conseguir lo que está a nuestro alcance porque solo lo que supone esfuerzo es valioso y merece la pena. Las sociedades no pueden pararse, esperando a que otros resuelvan por ellas: las que lo hacen así, pierden su oportunidad y se condenan al atraso y a la miseria, porque otras sociedades no paran y nos adelantan, y eso nos condenaría al desván de la historia.

Tenemos que defender lo que han construido nuestros padres y nuestros abuelos, hicieron mucho y mucho muy bien para dejarnos una sociedad con un tremendo bienestar, y eso tenemos que continuarlo. Las sociedades que lo fían todo al endeudamiento, a vivir del dinero de los demás,  que cargan sobre sus herederos el peso de sus excesos, son sociedades sin futuro, porque, en el fondo, son profundamente inmorales, olvidan la vieja sabiduría que nos advierte de que si no somos capaces de apechar con las consecuencias de nuestros actos acabaremos siendo esclavos de otros.

No podemos rendirnos, no debemos renunciar a que en el futuro nuestros herederos se vean obligados a despreciarnos por egoístas y por cínicos, por cargar sobre sus espaldas los costos de nuestra falta de esfuerzo, las consecuencias de nuestra irresponsabilidad.

Necesitamos un plan estratégico basado en la confianza, y en nuestra capacidad de prosperar, en mantener la generosidad de la que han dado muestra las generaciones que nos han precedido. Tenemos que luchar por defender todo aquello que hicieron bien nuestros padres, que fue mucho, y trabajar por el futuro para dejar algo mejor a nuestros hijos, para que puedan estar orgullosos de nosotros. Me parece evidente que ese plan tiene que fundarse en tres pilares muy sólidos, en que seamos capaces de creer en las personas y en la fuerza creadora de su libertad, en que sepamos respetar los valores y los principios que expresan la dignidad humana, y, por último, en que sepamos traducir esa manera de pensar en políticas activas, abiertas a la participación, que sepan apostar por la creatividad y la tecnología, que no le teman a la innovación. Ese ha sido el secreto del éxito de las sociedades verdaderamente libres y admirables y no podemos caer en la tentación de acomodarnos al éxito que hemos heredado dejando de caminar con decisión hacia un futuro día a día mejor. Cada uno de nosotros tiene en su mochila el bastón de mando necesario para poner en marcha una sociedad que no se deje engañar por los milagros que nos prometen los que nunca han hecho otra cosa que predicar vaguedades y tontunas que, además, han acabado frecuentemente en la ruina y la violencia.

Javier Puente.- Ingeniero de Telecomunicaciones y Ex-Diputado de la X Legislatura

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